Bienvenid@ a este bosque nebuloso. Disfruta de tu estancia.

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miércoles, 13 de octubre de 2010

El garbanzo mágico

La más insignificante de las legumbres puede poseer a veces poderes insospechados
Un chaval había sido secuestrado y vendido como esclavo. Lo metieron en un barco y lo mandaron más allá de los mares para trabajar en casa de un rico terrateniente.
Vivió a su servicio, en compañía de otros esclavos ya mayores.
Al igual que ellos, estaba obligado a cumplir tareas muy pesadas bajo la vigilancia de unos guardias que no dudaban en golpearlos.
Así transcurrieron varios años. El chaval se había convertido en un muchacho muy guapo. Su condición de esclavo le pesaba cada vez más y pensaba a menudo en huir. Había imaginado incluso un plan de evasión y estaba esperando el momento oportuno para llevarlo a cabo. Pero como el destino había decidido otra cosa, no pudo hacerlo.
Estaba un día labrando un campo y aplicándose para cavar unos surcos paralelos cuando vio un garbanzo entre dos montículos de tierra. Ese garbanzo pertenecía a su amo. El guardia de servicio lo observaba distraídamente, recostado en una higuera, y había acabado por adormecerse. El muchacho aprovechó la ocasión para detener su arado y recoger el garbanzo. Lo frotó contra su túnica para limpiarlo antes de comérselo. Se disponía a triturarlo con sus dientes cuando el garbanzo exclamó:
—Si no me comes, no te arrepentirás, pues sabré recompensarte.
—¿Y qué podría hacer por mí un garbanzo como tú? —respondió sorprendido el esclavo.
—Podría simplemente hacerte feliz, ya que tengo el poder de satisfacer todos tus deseos.
Una sonrisa iluminó el rostro del joven.
—Pues bien, quisiera ser dueño de la magnífica mansión de mi amo y ser transportado con ella hasta la ciudad en la que nací.
Apenas terminó de decir esto, su sueño se hizo realidad. La mansión se hallaba ahora en un vasto jardín que dominaba el mar. El joven colocó el garbanzo en un cajón y salió. La ciudad no había cambiado mucho. Se dirigió hacia el barrio en el que había vivido antes de convertirse en esclavo. Esperaba encontrar a sus padres. Pero, en el camino, se topó con un antiguo vecino que le anunció la desaparición de éstos, ocurrida unos meses antes. Se preguntó si el garbanzo tenía el poder de resucitarlos.
Pero renunció a hacerlo porque era muy creyente. Ni nada ni nadie podía ir contra la voluntad de Alá. Mientras tanto, el rico terrateniente andaba buscando su garbanzo mágico. «¿Dónde pude haberlo dejado?», se preguntaba mientras recorría su propiedad con los ojos clavados en el suelo. Terminó por abandonar la búsqueda hasta el día siguiente. La pérdida del garbanzo lo había perturbado tanto que pasó varias veces delante del lugar donde debía encontrarse su mansión antes de darse cuenta, horrorizado, de que ésta había desaparecido.
—He visto salir volando tu mansión con el joven esclavo asomado a una de sus ventanas
—le informó su mayordomo.
El terrateniente comprendió entonces que su esclavo había encontrado el garbanzo mágico.
«Estoy seguro de que habrá vuelto a su país, y haré lo que sea para encontrarlo», se dijo.
Unas semanas después, disfrazado de mercader ambulante, se embarcó en una nave que salía para el país de su esclavo. Al llegar, se alojó en una posada, y a continuación recorrió la ciudad en busca de la casa que le había robado el joven. Acabó por encontrarla. Se acercó a su imponente portón de madera de cedro decorado con enormes clavos, levantó la mano de cobre que brillaba al sol y dio tres fuertes golpes.
El muchacho había salido. Como acababa de casarse con una bella joven, fue ella quien abrió. Observó atentamente los diferentes artículos que le ofrecía el mercader, eligió unas cintas bordadas de oro y preguntó cuánto costaban.
—Vengo de un país en el que todo se paga con garbanzos —explicó el mercader.
—¡Con garbanzos! —respondió sorprendida la joven—. ¡Pero no tengo ninguno, y quiero estas cintas!
—Con uno solo bastaría, incluso uno muy pequeño, viejo y seco.
—Recuerdo haber visto uno en el fondo de un cajón donde mi marido conserva pequeños objetos inútiles. Si con eso basta, te lo daré.
Y se fue a buscar el garbanzo, que entregó al mercader. Éste se lo agradeció, y se alejó rápidamente. «Al fin he encontrado mi bien más preciado», se dijo satisfecho, y disimuló el garbanzo bajo su lengua. Luego formuló un deseo:
—Quisiera volver a mi país junto con mi casa y la mujer que allí vive. Lo que pedía se cumplió inmediatamente. Cambió sus ropas de mercader ambulante por otras magníficas y se dirigió a la mujer, que no comprendía nada de cuanto ocurría.
—Tu marido no es más que un ladrón —le dijo—. Debes saber que durante mucho tiempo fue mi esclavo y que se apropió de mi mansión gracias a un garbanzo mágico que me había robado y que tú, cándidamente, me has devuelto.
—Tú también eres un ladrón, puesto que me has raptado —replicó la mujer—. Amo a mi marido y hagas lo que hagas, le seré fiel.
Cuando el muchacho volvió, se encontró con la desagradable sorpresa de no encontrar ni su mansión ni a su esposa. Unos vecinos le contaron que un mercader ambulante, que quería que le pagaran con garbanzos, había estado hablando con su mujer poco antes de que desapareciera la mansión. El infeliz comprendió
lo que había pasado y se sintió invadido por un profundo desánimo. Creía haberlo perdido todo. Pero en el jardín donde ya no quedaba ninguna huella de la casa, se encontraban aún su perro, su gato y una paloma
mensajera. Se puso a acariciarlos con la vista perdida en el mar y unas lágrimas brillaron en sus mejillas. El perro, el gato y la paloma se sintieron conmovidos por la tristeza de su amo.
—¿Quizá podamos hacer algo para ayudarte a encontrar a tu esposa? —propuso el pájaro.
El muchacho sonrió.
—Creo que se encuentra del otro lado del mar —dijo, antes de hablar del garbanzo mágico que debía recuperar si quería aprovechar sus poderes y sobre todo privar de ellos al raptor de su bien amada.
La paloma fue la encargada de buscar informaciones. Voló a través de los mares. Llegó a la otra orilla y tardó varios días en encontrar la mansión. Esperó hasta que la muchacha se encontrara sola en una de las terrazas para posarse y hablarle.
—Vengo de parte de tu esposo —dijo el pájaro—. Está muy preocupado por ti y quiere que regreses con él. Para lograrlo, necesita saber dónde está escondido el garbanzo mágico.
—El hombre que me raptó lo conserva debajo de la lengua.Al volver, la paloma contó lo que había visto.
—Si pudiera ir allí —dijo el gato—, podría recuperar rápidamente el garbanzo.
—¿Y qué te lo impide? —preguntó el perro.
—No tengo alas como la paloma y le temo demasiado al agua para ir nadando.
—Pues te subirás en mi lomo y seré yo el que nade —propuso el perro.
Y así lo hicieron. Una vez que hubieron atravesado el mar, el gato entró por una ventana en la mansión donde estaba la muchacha prisionera.
Vio que, durante su ausencia, los ratones se habían multiplicado muy deprisa. Esperó que llegara la noche, escondido bajo un sofá, y cuando todo el mundo se fue a dormir, se puso a cazar. Mató un gran número de ratones, y los abandonó allí mismo sin devorar ni uno solo. Su comportamiento intrigó a los roedores.
Uno de ellos, más valiente que los demás, se atrevió a acercarse a él.
—Parece que no estás cazando para comer, sino simplemente para sembrar el terror —le dijo.
—Estoy decidido a mataros a todos si no me dais el garbanzo que el amo de esta casa esconde bajo su lengua —les dijo amenazante.
—¿Es todo cuanto quieres? —inquirió el ratón.
—Sí.
—¿Prometes dejarnos vivir en paz si te traemos lo que pides?
El gato respondió afirmativamente. El ratón se reunió con sus congéneres y les dijo lo que sabía. El más listo de entre todos fue designado para llevar a cabo la misión. Fue hasta la cocina y metió la cola en un gran bote de pimienta gris. Luego caminó por un largo pasillo que llevaba a los aposentos del propietario del garbanzo. Se desplazaba con mucho cuidado para no perder demasiada pimienta por el camino. Entró sin hacer ruido en la habitación, trepó a la cama, se acercó al rostro del hombre y le pasó la cola por la nariz. El hombre
estornudó varias veces antes de expulsar el garbanzo, que salió rodando por el suelo de mármol.
De un salto, el ratón lo recogió y fue a llevárselo al gato. Sin perder tiempo en agradecimientos, el felino corrió a juntarse con el perro, que lo estaba esperando a orillas del mar.
—¿Has logrado recuperar el garbanzo mágico? —le preguntó. —¡Por supuesto! —exclamó el gato  dándoselo.
El perro se lo puso en la boca mientras el gato se le subía al lomo. Cruzaron nuevamente los mares en la dirección opuesta. Estaban ya a punto de llegar cuando el perro, viendo su propio reflejo en el agua, creyó que otros perros iban a atacarlos. Abrió la boca para defenderse y el garbanzo cayó al agua. Un pez lo vio y se apresuró a tragárselo. De un salto el gato clavó sus uñas en el cuerpo del pez y lo mantuvo prisionero entre sus patas delanteras.
Sin ellas, le era imposible nadar y comenzó a hundirse. El perro se dio cuenta de ello. Se sumergió, cogió a su compadre por la piel del pescuezo y lo sacó a la superficie. Luego se puso a nadar, manteniéndolo fuera del agua, y logró dejarlo sobre una playa de arena. Esperaron hasta estar secos y le llevaron el pez a su amo, que los estaba esperando en compañía de la paloma.
—¿Lo habéis logrado? —preguntó el muchacho.
—¡Sí!
—Pero ¿dónde está el garbanzo mágico?
—Se lo ha tragado este pez —le explicaron.
El muchacho le abrió el vientre y recuperó el garbanzo. Lo limpió frotándolo con su túnica, y pidió un deseo.
—Haz que vuelva mi esposa bien amada y constrúyenos una mansión más bella aún que la de mi antiguo amo.
Obtuvo inmediatamente lo que quería. Escondió con mucho cuidado el garbanzo mágico en un lugar que sólo él conocía y vivieron felices el resto de sus vidas.