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miércoles, 2 de febrero de 2011

El árbol seco que volvió a dar flor


- Leyenda de Corea -

Cuando todavía era Hpyeng-Yang la capital de Corea, vivía en aquella ciudad un hombre llamado Sun-Hyen.
Sun-Hyen era de rancio abolengo; estaba emparentado con todas las familias nobles de Corea, y ya su padre y su abuelo habían ocupado el puesto de hombre de confianza del Rey. Él lo ocupaba ahora, y, como ellos, Sun-Hyen era justo y bondadoso con el pueblo, y éste le adoraba, porque sabía que le debía su bienestar.
Aquel día Sun-Hyen estaba triste. Desde hacía algún tiempo venían organizándose en Palacio grandes banquetes, a los que asistían los gobernadores de todas las provincias y las damas de la corte. El barullo de aquellas fiestas, que se prolongaban a veces hasta la madrugada, entristecía a Sun-Hyen, y decidió salir a distraerse. Apenas había llegado a la calle, cuando vio en medio de la calzada un corrillo de gentes que se lamentaban y hablaban entre sí. Sun-Hyen mandó a su intendente averiguar la causa, y por él supo que se trataba de tres pobres desgraciados que acababan de morir de inanición allí mismo. Sin perder tiempo, volvió a Palacio, y cuando el Rey enmudeció de emoción al oírle y le pidió consejo, Sun sólo tuvo uno que darle: que suprimiese los banquetes y las fiestas y compartiera sus riquezas con el pueblo.
A los pocos minutos, las luces de las fiestas se apagaban y el palacio quedó en silencio. Sun volvió a casa y contó lo sucedido a su mujer. Ella se alarmó; sabía que en la corte había personas ambiciosas que odiaban a Sun por su influencia, y tuvo miedo. No se equivocaba. El primer ministro, Ja­Jyo-Mi, estaba ya tramando una intriga; escribió primero una carta con la firma de Sun-Hyen, llena de amargas quejas contra el Monarca. Luego se disfrazó, salió a la calle y la dejó caer junto a un policía que montaba la guardia en la plaza. La carta pasó de mano en mano hasta llegar al jefe de Policía, que la llevó a Palacio y se la entregó al Rey. Sun y su mujer fueron condenados al destierro.
Desde entonces el reino se convirtió en un infierno. El primer ministro siguió conspirando para apoderarse del trono. Al poco tiempo murió el viejo rey de Corea. Ja-Jyo-Mi se apoderó del príncipe niño, Ki-Si, y lo encerró en una fortaleza inexpugnable de la isla de Tchyo-To.
Sun y su mujer vivían felices en la isla de Kang-Tjyen. Ninguno de los dos echaba de menos riquezas ni honores. Les bastaba con estar unidos y hasta eran más felices que en la corte. Un día ella tuvo un sueño extraño. Soñó que la Luna se desprendía del cielo y caía vertiginosamente sobre ella. Se despertó sobresaltada y llamó a su marido. Habían dado un gran paseo por el campo aquel día, y Sun atribuyó simplemente su visión al cansancio. Ni uno ni otro comprendieron que les presagiaba el nacimiento de un hijo.
Cuando nació la pequeña Tcheng-Y, su madre cayó gravemente enferma. A los pocos días, sonrió débilmente a la niña y a su marido, y se extinguió.
Sun, loco de dolor, buscó una nodriza para su hija y se entregó por completo a la desesperación. Al fin, lloró tanto, que las lágrimas arrasaron sus ojos y se quedó ciego.
Los años fueron pasando. Tcheng-Y se convirtió en una muchachita espigada y preciosa, que adoraba a su padre. Por las mañanas pedía limosna en la aldea, y en cuanto había reunido lo estrictamente necesario, volvía a casa y no se separaba de él. Entonces hablaban de su madre y de los tiempos en que Sun era un hombre poderoso.
Un día Tcheng-Y pasó, al volver de la aldea, por la tumba de su madre, y se le hizo tarde. Sun esperaba inquieto en la casa. Al fin no pudo contener su impaciencia y salió a buscarla. Andando, andando, se perdió, tropezó y fue a caer en el agua de un lago. Estaba a punto de morir ahogado, cuando el discípulo de un anacoreta que vivía en aquellas montañas le oyó y corrió a salvarle. Mientras Sun se rehacía y se secaba un poco, el discípulo le observaba atentamente: acababa de leer en su rostro el presagio de grandes riquezas futuras y de un gran poder. A cambio de trescientos sacos de trigo, le dijo, él rezaría todo lo que fuera necesario y el presagio se cumpliría. Al cabo de tres años, además, sus ojos volverían a ver. No era necesario entregar el trigo en el acto; bastaba con que se comprometiera a pagar cuando le fuera posible. Y Sun, ilusionado, firmó el contrato.
Pasó el tiempo. Sun perdía la esperanza de poder cumplir su promesa jamás y se entristecía. Cuando Tcheng-Y supo la causa de su tristeza, salió al jardín. En una mesita baja colocó un pebetero, dos luces y un vaso con agua; se arrodilló ante su altarcillo y rezó. Rezó hasta que se hizo de noche. Luego subió a su cuarto y se acostó. Soñó que se le aparecía un hombre viejo y le daba un consejo; le decía que alguien estaba a punto de hacerle una oferta y que debía aceptarla, fuera cual fuera.
En aquella época todo el comercio de Corea y China se hacía por mar, a través del Mar Amarillo. Las corrientes eran tan terribles, que los mercaderes, para conjurar el peligro, habían adquirido la costumbre de comprar en el punto de partida una muchacha, que arrojaban como ofrenda al mar en el momento más peligroso de la travesía. Tcheng-Y, aquel día, encontró por casualidad en la aldea a uno de aquellos mercaderes, y sin vacilar se vendió a cambio de trescientos sacos de trigo. El mercader los llevó a la choza del anacoreta, y éste devolvió el documento firmado por Sun. Tcheng-Y volvió a su casa, y, entre risas y abrazos, contó a su padre la aventura; pero tuvo miedo de decirle toda la verdad. Dijo solamente que se había vendido; pero le aseguró que sus dueños vivía muy cerca de allí y que podría visitarle todos los días. Sun lloró amargamente; pero Tcheng-Y no se dejó abatir. Sólo le preocupaba qué sería de él, pobre y ciego, sin su ayuda. Pasaron tres meses, y al fin llegó el día de la marcha. El mercader volvió a buscar a Tcheng-Y, y cuando Sun oyó toda la verdad, a pesar de que le tenía abrazado su hija, se desplomó. El mercader, conmovido, retrasó el viaje tres días, y les dio cien sacos de arroz más. Tcheng-Y, sin perder tiempo, se los llevó al primer magistrado de la villa, y éste prometió encargarse, a cambio, de su padre.
Tcheng-Y había embarcado con sus mercaderes. Llegado el momento del sacrificio, se retiró a un camarote, vistió sus mejores galas y subió a cubierta; allí estaba ya la mesa blanca del sacrificio y el pebetero, del que salían volutas azules del humo de mirra. Ella se colocó de pie sobre la mesa, entre los dos cirios blancos. Todos los mercaderes rezaban, arrodillados ante el altar. Tcheng-Y rezó también, y luego, graciosa y firme, saltó por la borda al mar.
Mientras el barco se alejaba, la muchacha, que esperaba morir en el acto, se dio cuenta de que no se hundía en el agua. Al caer había tropezado con algo duro, y aquel algo resultó ser una tortuga gigantesca, que siguió nadando tranquilamente, al parecer sin darse cuenta de que llevaba sobre sí un pasajero. Tcheng-Y estaba cansada, y, adormecida, tuvo una visión: le pareció que su madre se le acercaba en una nube rosa y le decía que siguiera sobre la tortuga hasta llegar a la orilla y estaría a salvo.
Cuando Tcheng-Y volvió en sí, vio, en efecto, que estaban junto a una isla. La tortuga se acercó a la costa, entró en un subterráneo y por él nadó durante varias horas. Al fin se acercó a una orilla; la joven saltó a tierra y la tortuga se alejó de allí. Tcheng-Y tenía miedo y frío; empezó a andar en la oscuridad, y de repente vio un rayo de luz que se filtraba por el techo de la gruta y que iba a caer sobre tres objetos colocados en la roca. Eran dos frasquitos de cristal y una carta cerrada. La carta estaba dirigida a Tcheng-Y y en ella se leía: «Bebe el contenido de los dos frascos: uno alivia el cansancio; el otro despeja la mente.» Bebió, pues los dos líquidos y un bienestar repentino se extendió por todos su cuerpo. Volvió a sentirse fuerte y segura, y decidió salir de allí. Se encaramó a la roca por la que entraba la luz, la levantó y salió por aquel agujero. Entonces vio que estaba en el tronco hueco de un árbol, en medio de un jardín maravilloso. ¿De quién podía ser todo aquello? Tcheng-Y no sabía que aquel jardín era precisamente la cárcel del príncipe Ki-Si, que había sido desterrado de Corea.
El príncipe había salido aquel día con el propósito de poner fin a su vida; «tan triste - cantan aún hoy las gentes de Corea -, que los pájaros, al acercársele, dejaban de cantar». Cuando Ki-Si levantó la vista y vio a la muchacha, su asombro y su éxtasis fue tal, que olvidó sus lúgubres proyectos y corrió hacia ella. Tcheng-Y se escondió en el tronco del árbol y el príncipe buscó y rebuscó en el jardín entero, hasta que llegó la noche; entonces entró en la casa, creyendo que había soñado. Al día siguiente, cuando salió, vio una mariposa que revoloteaba delante de él; intentó cogerla, y, jugando, atravesó el jardín. De pronto, la mariposa desapareció en el tronco de un árbol, y al ir a cogerla, el príncipe descubrió a Tcheng-Y. En seguida se hicieron amigos. Ella contó su historia, y quedó decidido que viviría con el príncipe hasta que encontraran alguna solución. El jardín estaba rodeado por una muralla tan alta y tan segura, que Ja-Jyo-Mi había considerado inútil rodear de guardias la casa misma del prisionero. Nadie supo, pues, la llegada de Tcheng-Y.
Pronto nació el amor entre los dos jóvenes, y como ambos podían considerarse huérfanos, decidieron proceder ellos mismos a la ceremonia de su matrimonio. Dispusieron todo lo necesario: una mesa grande, cubierta con un paño de color púrpura; dos cirios - símbolo de vida común -, dos vasos llenos de flores - símbolo de juventud -, y una aguja enhebrada que simboliza la unión. Encendieron el pebetero, y, arrodillándose ante el altar, bebieron el vino de un solo vaso y recitaron las oraciones rituales.
La ceremonia había terminado.
A los pocos días, Ki-Si tuvo un sueño: vio una botella con el cuello roto, del que manaba un líquido muy rojo. Se despertó, asustado. No le cabía duda de que Ja-Jyo-Mi tramaba su muerte. En vano Tcheng-Y intentó calmarle dando otra interpretación al sueño. Una botella sin cuello tiene que llevarse con mucho cuidado, sujetándola por la base, como se llevan las estatuas. Esto significaba, pues, que el príncipe iba a ser pronto llevado en triunfo por su pueblo; el líquido rojo era la púrpura que le cubriría... Todo en vano; Ki-Si quería huir. Decidieron, pues, prender fuego a la casa, para despistar a los guardias y evitarse persecuciones; luego huyeron por el subterráneo. La gruta daba al mar, y Ki-Si pensó que, en último caso, podría él morir ahogado y abandonar a Tcheng-Y; nadie sabía quién era ella, y, por lo tanto, no podía ocurrirle nada malo. Pero al llegar a la playa se encontraron con un batelero, que, al parecer, les estaba esperando: había visto en sueños lo que iba a suceder y venía a recogerles para llevárselos a Corea.
Mientras, los hombres de Ja-Jyo­Mi, al ver el fuego, reforzaron la guardia. Cuando apagaron las llamas y comprobaron que no quedaba nadie en la casa ni en el jardín, anunciaron al usurpador que el príncipe había muerto carbonizado.
Al llegar a tierra, Ki-Si se dio a conocer. El pueblo entero se puso, con entusiasmo a sus órdenes. Tomaron por asalto la capital y en pocos días Ja-Jyo-Mi y todos sus partidarios cayeron en sus manos.
Toda Corea estaba radiante de júbilo, menos la Reina. Tcheng-Y no podía dejar de pensar en su padre. El Rey comprendió que quedaba un solo procedimiento para encontrarlo, y lo puso en práctica. Se dio orden a todos los gobernadores del reino de que enviaran a los ciegos de sus provincias a un gigantesco banquete que tendría lugar en la corte.
Por fin llegó el día señalado. Una dama de honor presidía la comida y atendía a los invitados. Cuando, ya avanzada la noche entró el último ciego en la sala, la dama no pudo disimular la repulsión que le causaba: era el hombre más sucio y repugnante que había visto jamás. Él se dio cuenta y empezó a hablar:
- Las acciones de los hombres - dijo - son todas distintas unas de otras; sólo el gusto es siempre igual. Los que son viles, esconden su fealdad bajo un exterior amable. Los hombres de bien no atienden a la forma, sino al fondo. Sólo el cielo es tal como lo vemos; es decir, de una belleza infinita. A mí, el discípulo de un anacoreta me engañó. Yo había plantado un árbol frutal, y no dio más que una flor; pero ¡tan bella!... El viento la arrancó y la llevó hacia el mar, donde las olas, largamente, la mecieron. La flor pensaba en el árbol del que fue arrancada, y el árbol, privado de su única flor, lentamente se ha secado.
La dama de honor voló a dar la noticia a la Reina. No es difícil suponer la emoción de Tcheng-Y ni la del viejo Sun-Hyen cuando comprendió que era su hija quien le tenía abrazado. Las lágrimas le hicieron recobrar la vista, y Ki-Si le devolvió su rango y su honor. La predicción del anacoreta se había cumplido: el árbol seco tenía de nuevo su flor.

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