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jueves, 24 de febrero de 2011

La dama que perdona al asesino de su hijo


- Leyenda de Portugal -

Un noble polaco se había dedicado a viajar por toda Europa, y decidió ir en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, encaminándose para ello a Lisboa. Llegó a esta ciudad ya de noche y se hospedó en la primera posada que encontró; pero hallándola mala y sucia, no quiso pasar allí la noche y se lanzó a la calle en busca de otra mejor donde descansar, para proseguir al otro día su viaje. Echó a andar por una estrecha callejuela de la ciudad portuguesa, y se cruzó con un embozado que iba muy deprisa, y con tal brío le empujó, que le derribó en tierra. El extranjero se levantó, ciego de coraje, y desafiando a aquel caballero, los dos echaron mano a la espada con gran desenvoltura, oyéndose a poco, en la oscura noche, el chocar de los aceros. La fortuna se puso de parte del extranjero, y guiando su espada, fue a clavarla en el pecho del portugués, que cayó al suelo sin vida.
Desconcertado el polaco ante su hazaña, quiso huir; pero, sin saber a donde dirigir sus pasos, echó a correr por la primera calle que encontró. Mas, de pronto, vio una casa con la luz encendida y la puerta abierta, y, alocado, se metió en ella, en busca de un sitio donde esconderse de la justicia. Atravesó un lujoso aposento ricamente amueblado y penetró en una habitación contigua, en la que estaba una dama echada en un suntuoso lecho. Perplejo se quedó el caballero, y ella, asustada ante aquel hombre que tan irrespetuosamente entraba en su habitación, le asedió, preguntándole quién era y lo que allí buscaba. El extranjero sólo pudo contestar que acababa de matar a un hombre y que, perseguido por la justicia, buscaba sólo un refugio donde esconderse, suplicándole, por amor de Dios, que no le arrojase a la calle, donde sería detenido. La caritativa señora, compadecida de él, le prometió ocultarle, y le mandó que se escondiera detrás de un tapiz de su habitación, donde, por respeto a la dama, no penetraría la justicia, fiándose en su palabra.
El caballero extranjero se escondió donde le habían indicado, y allí quedó inmóvil y conteniendo la respiración, para no ser descubierto, mientras elevaba su espíritu a Dios, pidiendo su divina protección para salir con bien de aquel trance.
Cuando más abstraído se hallaba en su plegaria, oyó que la casa se llenaba de agudos gritos y que las doncellas penetraban atropelladamente en la habitación, anunciando a la señora que a su hijo don Duarte le traían atravesado por una estocada. La dama prorrumpió en desgarradores lamentos ante la muerte de su único hijo, que era toda su vida y su ilusión, y pronto entraba en hombros de cuatro criados, el cadáver ensangrentado del caballero. La madre saltó del lecho y, abrazada a él, lanzaba tristes gemidos, que partían el alma de los oyentes, y besaba a su hijo, preguntando por el criminal que le había matado. Pero nadie sabía el motivo de aquella reyerta. Y la señora se dio cuenta de que ella había escondido, con toda seguridad, al asesino de su hijo, y de su boca se escapaban palabras de venganza por aquel crimen; pero con voz angustiosa pedía a Dios fuerzas para dominar aquel sentimiento que la ahogaba. Al punto entraron en la habitación los agentes de la justicia, disculpándose ante la señora de que la importunaran en aquellos trágicos momentos, pero un muchacho había visto entrar en la casa a un caballero que corría y que probablemente era el criminal. La dama, llevada por la piedad, respondió: «Es posible que haya entrado en la casa; pero no en esta habitación. Así, pues, podéis buscarle por todas las demás.»
Salió la justicia a recorrer la casa, en busca del asesino. La abatida madre, con voz entrecortada por los sollozos, dio orden de que se trasladara el cadáver a otro lugar y se convirtiera en capilla ardiente, para poder velarlo hasta el momento del entierro; pidió que durante unos momentos se la dejara sola, para poder desahogar su dolor, y prohibió que entrara nadie en aquella habitación.
Cuando todos se habían marchado, cerró bien las puertas y, con el rostro pálido y sin fuerzas apenas para sostenerse en pie, levantó el tapiz tras del cual se encontraba el caballero. Éste, horrorizado, había estado escuchando la escena, y, avanzando, entregó la espada a la dama para que le matara. Bien a su pesar había ocasionado aquella tragedia; pero, ante el dolor de la madre, se consideraba reo de muerte. La piadosa dama rechazó el arma, pidiéndole sólo que se cubriera el rostro, para no conocerle nunca, y que ocultara su nombre, para no maldecirle en su vida, y le suplicó que huyera. Y, haciéndole prometer que se salvaría, le abrió una puerta por donde pudiera escapar. Él, después de besarle, conmovido, las manos, por su caridad sublime, partió bendiciendo su nombre.