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jueves, 10 de febrero de 2011

O-Tei y su reaparición


- Leyenda de Japón -

De esto hace mucho tiempo. Vivía en la ciudad de Niigata, en la provincia de Echizen, un hombre llamado Nagao Chosei. Tuvo un hijo, Nagao, que estudió para médico, siguiendo las costumbres del país, desde una temprana edad. Nagao fue prometido a la hija de un amigo de su padre, y todos estaban de acuerdo en que tan pronto como terminase sus estudios se celebrase la boda. Pero se olvidaron de que la salud de su prometida, O-Tei, era muy endeble, y aconteció lo irremisible: la pobre joven, al cumplir los quince años, enfermó y murió. Poco antes de expirar, O-Tei mandó llamar a su Nagao y le dijo:
- Mira, Nagao: tú y yo estamos comprometidos desde nuestra infancia, pero ahora me voy a morir; así lo han querido los dioses. Si continuase viviendo en este estado, solamente sería para ti una carga, en vez de ser una esposa modelo, como yo quiero. Estoy completamente de acuerdo en morirme, y me has de prometer que no estarás triste. Además, te quiero decir que estoy segura de que nos hemos de encontrar otra vez.
- Estoy seguro de que sí - respondió Nagao -; en la Tierra de la Pureza, donde no existen las separaciones.
Mas la joven moribunda volvió a decir:
- No, no; yo no me refiero a la Tierra de la Pureza. Creo que estamos destinados a encontrarnos en esta tierra, a pesar de que mañana me van a enterrar.
Nagao la miraba extrañado; la vio sonreír ante su extrañeza y continuar diciendo con su voz dulce y melosa:
- Sí, quiero decir en esta tierra y en tu vida presente, Nagao. Esto será si tú quieres. Ahora bien: para que esto pase tengo que nacer otra vez, y, además, hembra. Tendrás que esperar quince o dieciséis años. Pero no creo que sea demasiado tiempo, ya que sólo tienes diecinueve en este momento.
Como es natural, el joven, que quería hacerle llevaderos los últimos momentos, le contestó:
- Esperarte a ti, mi prometida, será más un placer que un deber; estamos prometidos por nuestra religión, como tú sabes, durante siete vidas.
- ¿Pero tú lo dudas? - le preguntó la doncella, mirándole fijamente a la cara.
- Querida, lo único que yo dudo es si te podré reconocer bajo una forma nueva, dentro de un cuerpo nuevo y bajo otro nombre..., a menos que des una señal por la cual yo te pueda reconocer.
- Eso yo no lo puedo hacer; bien sabes tú, amado, que no son más que los dioses y los Budas los que saben esas cosas; pero lo que sí sé es que si tú quieres, a mí no me será muy difícil volver a esta tierra. Acuérdate de estas palabras mías...
Dejó de hablar y se le cerraron los ojos. Estaba muerta.
El pobre Nagao, que la había querido sinceramente, estaba muy afligido y mandó que hiciesen un epígrafe sobre O-Tei, inscrito con su zokumyo, o sea su nombre de pila, y ordenó colocarlo en su butsudencapilla budista, y todos los días ponía, regalos en ella. Mucho pensó el joven en las cosas tan raras que le había dicho O-Tei antes de morir, y para contentar a su espíritu, escribió una promesa solemne, diciendo que si alguna vez se la encontraba en cuerpo en este mundo, se casaría con ella. Esta carta la mandó sellar con su sello particular y la colocó en la capilla, al lado del epígrafe de O-Tei.
Pero como Nagao era hijo único, precisaba que contrajese matrimonio; de manera que se encontró en la obligación de acceder a los ruegos de su padre y de aceptar a la mujer que le habían escogido. Pero, aun después de casado, siguió poniendo los regalos delante de la capilla de O-Tei, y nunca se olvidó del cariño que le había profesado. Mas a medida que el tiempo pasaba, los recuerdos de O-Tei fueron haciéndose más vagos, como un sueño que es difícil de vivir. Durante esos años muchas desgracias le acontecieron: primero, sus padres murieron de vejez; después, su mujer pasó a mejor vida, y la única hija que había tenido de su matrimonio también murió.
El pobre y triste Nagao se encontró solo en este mundo. Para olvidar tanta pena, decidió emprender un largo viaje. Un buen día llegó a un pueblo conocido todavía hoy por sus aguas termales y por lo pintoresco de su paisaje. La muchacha que le mandaron para que le atendiera en sus pequeñas necesidades tenía tal parecido a O-Tei, muerta hacía ya largos años, que tuvo que contenerse para no llamarla; pero cuanto más se fijaba en todas las posturas, mientras ella iba y venía, trayendo las cosas que hacían falta al viajero, más le recordaba a aquella novia, a la cual le unía un juramento ante su religión. Por fin le habló, y se quedó espantado, al oír que su voz era la misma voz melodiosa que había escuchado hacía ya años, y se entristeció ante los trágicos recuerdos de su vida pasada. Entonces, lleno de una gran preocupación, se dirigió a ella, diciéndole:
- Hermana: tanto te pareces a una que yo quise profundamente, y tanto me recuerdas a ella, que durante los primeros instantes me asustaste. No tengo más remedio que saber cómo te llamas y de qué parte del reino provienes.
Inmediatamente, y con la voz inequívoca de los muertos, ella le dio esta contestación:
- Me llamo O-Tei y tú eres Nagao Chosei de Echigo, mi marido prometido. Hace ya diecisiete años que fallecí en Niigata, y tú hiciste una promesa escrita de que si alguna vez volviese a esta tierra en cuerpo, te casarías conmigo. Y lo sellaste con tu sello privado, y lo pusiste en tu butsuden, al lado del epígrafe, en el cual estaba inscrito mi nombre de pila. Por lo tanto, he vuelto.
Después de pronunciar estas palabras, O-Tei se desmayó.
Como es natural, Nagao se casó con ella, como había prometido, y el matrimonio fue muy feliz. Pero lo raro es que más tarde, cuando él le preguntaba cómo había podido dar esa contestación, no se acordaba de haberla dicho, ni tampoco de su existencia anterior. La incorporación de su primera vida, creada en el momento de la primera reunión, había pasado a lo desconocido y allí yació durante toda su vida.