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sábado, 3 de septiembre de 2011

El guerrero busca en pajaro trueno la inmortalidad de sisiuti

Guerrero de Brazo Roble vivía en su tribu y poco le quedaba por hacer en esta vida para darle mayor gloria a su nombre. Guerrero de Brazo Roble era un luchador de cuerpo a cuerpo, un arrojador de lanza y hacha, un arquero, un cazador de primera categoría.
Su fama como hombre de acción sobrepasaba los límites de la gran llanura, donde vivía con sus hermanos pieles rojas. Era invencible y lo había demostrado larga y profusamente en todas aquellas batallas tribales, en las que se dirimían límites y diferencias de todo tipo, con las que tenían que ver con la posesión de una mujer y las más enconadas y cruentas donde se ponía en lid el honor de su pueblo o de su raza.


Guerrero de Brazo Roble había siempre sido invicto en sus correrías y hazañas. De tribu en tribu corría la invisible voz, pero tonante, que cantaba sus epopeyas; entre los hombres y las fieras bestias que habían querido acabar con él. Estaba el guerrero en el culmen de su prez. En el mundo que él conocía no existía nadie que no le temiera y, por supuesto, que no le respetara y le acatara como superior. Sin embargo, Guerrero de Brazo Roble no estaba contento y se decía en su soledad:
—Lo tengo todo, pero un día, tras envejecer, moriré. Mis fuerzas mermarán y jóvenes vendrán a cebarse en mi desgracia —añadía en su soliloquio palabras dolorosas y atristadas que abrían aún más si cabe su herida—: ¿Por qué la gloria no ha de perdurar en los que somos invencibles? ¿Por qué ha de llegar la muerte con su bastón de peregrino y nos ha de tocar para que le sigamos y todas nuestras hazañas y valentías queden en el olvido?

Así se lamentaba el intrépido guerrero, augurando en su futuro los malos tiempos que habían de llegar con la vejez y que tanto le hacían sufrir.
—¿Por qué no puedo alcanzar yo la inmortalidad?
Se escuchaba a sí mismo y sus palabras le parecían dulces, llenas de realidad.
—Mi brazo es duro como el roble y no hay hombre en todo el mundo que sea capaz de vencerme...
Estaba entristecido y quizá aburrido porque no le quedaba nadie a quien enfrentarse y vencer.
— Ahora que aún estoy fuerte, que mi cuerpo guarda la mayor de las energías y la fortaleza, ¿no puedo hacer algo, luchar contra un ser superior y vencerle, y obtener como galardón a mi triunfo la inmortalidad?

El chamán de la tribu, que llevaba algún tiempo espiando el extraño comportamiento de Guerrero de Brazo Roble, alcanzó a escuchar sus últimas palabras, que parecían sacadas de la amargura. Se le acercó portando en su mano el haz de plumas de águila en forma de hisopo que garantizaba su posición privilegiada de conductor espiritual y curandero de toda la tribu y le preguntó:
—¿Qué te ocurre, Guerrero de Brazo Roble, que la melancolía cubre tu cuerpo y tus ojos no brillan como el ascua ardiente y encendida de la madera del haya?
El aludido elevó sus ojos hacía el hechicero y se topó con la mirada inteligente y astuta del hombre sabio, el conocedor de todos los misterios, triacas mágicas, medicinas y consuelos que los dioses del Mundo Superior habían concedido a los pieles rojas para hacerles la vida más fácil, más próspera y más feliz.
El guerrero, lleno de insolencia y ensoberbecido por su imbatibilidad en el campo de batalla, espetó su deseo irrenunciable:
—¡Quiero ser eterno!
El chamán le escuchó incrédulo:
—¿Inmortal?
Guerrero de Brazo Roble asintió con decisión.
—No hay ser que pueda obtener este atributo, o casi no lo hay —repuso el hechicero.
El guerrero quiso atisbar en la contestación casi esotérica del hombre sabio un cierto resquicio por el cual podría el hombre penetrar en la vida eterna. Por eso expresó lleno de ansiedad la pregunta clave que podría aliviar su desesperada situación:
—¿Es que hay algo que pueda hacer yo para conseguir mi deseo? ¿Es que puedo, por algún exorcismo que tú me hagas, conservar eternamente mis atributos de guerrero invicto?
El chamán le miró con gran respeto y le dijo:
—Acude al atardecer, cuando se ponga el sol, a la hoguera ritual y ante sus sagradas brasas te revelaré algo que casi nadie conoce en las extensas llanuras que rodean el gran lago.
Y se perdió su figura bamboleante en la espesura del bosque cercano
Guerrero de Brazo Roble a la hora convenida se presentó en el lugar indicado por el hechicero, ansioso por conocer los secretos que guardaba aquel hombre sabio. Al verle sentado frente a la hoguera, cubriendo sus magros hombros con una frazada tejida por las mujeres de la tribu con el pelo del bisonte y de la llama, le anunció:
—Guerrero de Brazo Roble ha llegado ante ti.
—Siéntate junto a mí —le dijo el anciano— y fuma tranquilo la pipa de nuestros antepasados.
El piel roja, nervioso y sin considerar en nada la actitud serena del hechicero, le exigió más que le pidió:
—[Guerrero de Brazo Roble quiere saber!
El chamán le contestó:
—Y vas a saber.
—Bueno.
El anciano, sin más preámbulos, le preguntó:
—¿Quieres de verdad la inmortalidad?
—Quiero.
—¿Has meditado que una vez conseguida no la podrás rechazar?
—Sí.
El chamán le miró profundamente a los ojos, se encogió de hombros y sin más le dijo:
—Hay un solo camino que te puede llevar a ella. Pero has de luchar por ella.
—¡Lucharé! ¿Adonde hay que ir?
El hechicero advirtió:
—Nadie... casi nadie lo ha conseguido.
—Guerrero de Brazo Roble lo conseguirá.
—Allá tú.
—¿Qué he de hacer, adonde hay que ir? Mi flecha, mi hacha, mi espada están listas para triunfar...
El chamán le contestó con voz suave:
—Has de buscar a Sisiutl.
—¿Qué es Sisiutl?
—Es una gigantesca serpiente con dos cabezas, con la lengua como un dardo y un rostro humano en el centro de su cuerpo. Cada una de las tres frentes de Sisiutl está adornada con los cuernos del poder, al igual que los lleva el Pájaro Trueno.
Guerrero de Brazo Roble hizo de aquel duelo un firme propósito, para lo cual dijo lacónicamente:
—La mataré.
El hechicero le aconsejó:
—Con su piel has de hacerte un cinturón y cuando te lo pongas quedarás protegido para siempre de la muerte.
El guerrero, decidido y presto a vivir la hazaña, preguntó:
—¿Y dónde se encuentra?
—En las aguas de la costa del noroeste. Las tribus que allí se encuentran la temen, se horrorizan con su visión y todos huyen cuando aparece cerca de sus aldeas.
Guerrero de Brazo Roble saludó ceremonialmente al hombre sabio y anciano por su información y se despidió de él. Luego caminó hacia su cabaña, penetró en ella y, sin perder más tiempo, cruzó a su espalda el carcaj repleto de flechas que había afilado cuidadosamente, tomó el arco y las alforjas rebosantes de carne seca de alce y de los adminículos necesarios para realizar los rituales y ofrendas a los dioses de la pradera y de las montañas, se palpó el costado para comprobar que de él pendía el tremendo machete de guerra y salió al descampado dispuesto a iniciar de inmediato la gran aventura de su vida, si tenía suerte, o la última aventura de su vida, si no la encontraba en su camino.
El guerrero invicto, y solitario por ello, alcanzó con varios días de camino las altas montañas que ocultaban el horizonte de la gran llanura. Trepó por sus riscos y coronó sus cimas, mirando con frecuencia al sol para comprobar si estaba haciendo su camino con acierto. Dirigía impertérritamente sus pasos hacia el noroeste y sabía que las costas que bañaban ese lugar estaban lejos, muy lejos de allí, pero su persistencia, tozudez y su inconfesable deseo le habrían de dar fuerzas suficientes para conseguirlo. Así que siguió caminando: escalando sierras encrespadas e hirientes, cruzando praderas llenas de hierba verde y rebaños inacabables de bisontes que apenas se fijaban en él. Cuando se le terminaron las viandas que llevaba tuvo que cazar para comer, pero era tan experto en este arte que nunca le faltó qué comer e incluso compartió con algún carnívoro las sobras de sus presas por no cargarse con excesivo peso.
Guerrero de Brazo Roble alcanzó un día a ver allá en la lejanía las batientes aguas que mojaban las tierras del noroeste. Hacía días que las estaba avistando y, con gran ilusión, trató de forzar su marcha para enfrentarse cuanto antes con la gigantesca serpiente bicéfala con cuernos. Varias jornadas tuvo aún que caminar para alcanzar las rompientes aguas de la costa; pero cuando llegó a mojarse sus pies lacerados en ellas y sentir el consuelo de su frescor en ellos, lo primero que hizo fue recorrer de un lado a otro la costa en espera de que Sisiutl apareciese entre la espuma de las tremendas olas que enviaba a la orilla el profundo mar. Por mucho que hizo el piel roja, no pudo conseguir vislumbrar ni un momento al enorme monstruo acuático. La decepción hizo presa en él y medio descorazonado caminó por las sendas de los alrededores en busca de alguna aldea o tribu a quien preguntar por la existencia de la gigantesca sierpe maldita.
Guerrero de Brazo Roble caminó hasta llegar exánime hasta el territorio de los indios tsimshian y en la primera aldea que halló se dejó caer a la puerta del jefe de la misma exhausto, corroído por el hambre y por la sed que había acumulado por aquellos senderos áridos y hostiles.
La hospitalidad atávica que distinguía a esta clase de pieles rojas hizo que el cacique del pueblo tomara bajo su protección y custodia al infeliz guerrero que llegaba desde tan lejos en busca de la inmortalidad. Lo primero que hizo aquél fue acoger en su cabaña al viajero, curarlo y alimentarlo para que se repusiese y fortaleciese cuanto antes. Cuando así lo hubo conseguido el Guerrero de Brazo Roble, se dio cuenta el señor de la aldea de que estaba ante un piel roja de una tribu extraña y lejana de su territorio, de una complexión fuera de lo normal y, al cruzar con él sus primeras palabras y conocer algo de su historia, igualmente también se dio cuenta de que trataba con un hombre invicto, de un gran valor tanto en sus acciones bélicas como en los enfrentamientos que todo ser había de tener frente a los avatares que le proporcionase cotidianamente la vida; es decir, ante un hombre íntegro.
El cacique, bajo la sombra del enorme nogal donde se celebraban los rituales religiosos de su tribu, fumaba una pipa de la amistad con el desconocido y le preguntaba:
—¿Para qué llegas a mi territorio? Exhausto y sin fuerzas expones tu vida, porque cualquiera de mis guerreros, celoso de su tribu y de sus ancestros, podía haberte rematado en tu sueño de debilidad.
El guerrero extranjero replicó:
—El pueblo piel roja es demasiado orgulloso y noble para acabar gratuitamente con la vida de cualquier debilitado, sin posible defensa.
El jefe sonrió y volvió a expresar:
—Tu manera de pensar te honra —e insistió en su pregunta—: ¿Pero qué buscas aquí? ¿Qué haces tan lejos de tu poblado?
Guerrero de Brazo Roble hurgó con un palo la hierba que crecía bajo sus pies, escuchó las preguntas de su bienhechor, calló un momento, luego levantó su cabeza para observarle mejor y al fin le dijo sin tapujos:
—He llegado en busca de Sisiutl, la gran sierpe dos cabezas y tres frentes orladas con los cuernos de su devastador poder.
El cacique se alarmó, miró a su alrededor y preguntóle:
—¿Es qué se ha trasladado a vivir aquí?
El guerrero piel roja sonrió y le explicó:
—No, no. No tengas miedo. Pero he llegado a las costas noroccidentales donde me aseguró el hombre sabio que vivía y no la he hallado —sin dejar responder a su interlocutor, el impávido viajero continuó diciendo—: He roto la piel de mis piernas con las aliagas secas de esos caminos, he sufrido de sed y de hambre, buscándoos para que me deis señal de ella... —y añadió—: ... si es que algo sabes de Sisiutl.
El jefe de la tribu le contestó:
—Mucho me temo que por aquí no la vas a encontrar.
—¿Adonde tengo que ir para ello?
Guerrero de Brazo Roble estaba desalentado, a punto de caer en el mayor de los desánimos que tuviera jamás.
El indio tsimshian le dijo:
—Por lo que yo sé, el monstruo que buscas se halla muy lejos de aquí, mucho más al norte. Pero...
El viajero, desesperado, expresó con cierta insolencia:
—¿Qué quieres decir con ese perol
—Quiero decir que si quieres llegar a ver a esa gigantesca serpiente bicéfala, de la que por otra parte ni yo ni mi tribu deseamos saber nada de su existencia, tendrás que hallar primero que nada a Pájaro Trueno.
Al guerrero extranjero se le cayó el alma a los pies. Ahora tendría que meterse en un nuevo peregrinaje para poder conseguir su deseo. Por eso preguntó:
—¿Qué he de hacer?
— Acercarte al territorio de Hagwelawrenrhskyoek. Cerca de ese gigante alado podrás, si tienes suerte, hallar a Sisiutl.
El guerrero preguntó:
—¿Qué relación mantienen estas dos bestias?
El cacique repuso:
—El Águila de los Monstruos del Mar tiene bajo sus alas anidada a la gran culebra que buscas. Hallando a Pájaro Trueno tienes casi asegurada la presencia de Sisiutl.
—¿Quién es ese Pájaro Trueno! ¿Qué clase de monstruo es?
El jefe del poblado repuso serenamente y casi sin mirarle:
—Pájaro Trueno es Hagwelawrenrhskyoek, el pájaro gigante que baja en picado desde el cielo y devora a las ballenas.
Guerrero de Brazo Roble, lleno de curiosidad, dijo:
—Por eso le llamas Águila de los Monstruos del Mar.
El jefe asintió con un gesto y siguió explicando:
—Posee un poder sobrenatural devastador que reside en los dos cuernos que luce sobre su cabeza.
—¿Y es cómo un águila gigantesca?
El señor del poblado repuso, quizá exagerando un poco:
—Es tan enorme que los "volcanes apagados acunan su nido".
Guerrero de Brazo Roble, más decidido que nunca a ir al encuentro del monstruo alado que le llevaría a conseguir su inmortalidad en la personificación de la sierpe bicéfala, se alzó del suelo, miró profundamente a su interlocutor y con cierto esmero en sus palabras le expresó:
—Te lo pregunto, amigo, porque he de meterme en lucha con esos monstruos, porque necesito saber más de ellos.
—Pregunta, di.
—¿En dónde reside su maldad? ¿Contra qué poderes he de enfrentarme? ¿Qué naturaleza sobrenatural he de eludir?
El cacique le dijo gravemente:
—Cuando Pájaro Trueno parpadea lanza un mortífero rayo y un tremendo trueno retumba con el aleteo de sus enormes alas.
—¿He de librarme pues de esa arma letal que guarda en su seno? —preguntó el guerrero extranjero. Y sin esperar la respuesta que era obvia, se dirigió al cacique de la tribu tsimshian y le dijo—: Sé que tendré mañas para burlar sus ataques, sé que sabré encontrar el modo de que deje caer desde su axila esa Culebra Rayo tan especial con la que ansío luchar y matar...
Ante el horrorizado jefe de la aldea el extranjero se calló. No podía comprender el halo de miedo que envolvía al tsimshian temeroso, que sólo pudo balbucear torpemente:
—Allá tú, insensato y osado señor...
Ya Guerrero de Brazo Roble tomaba sus armas y sus alforjas decidido a ir al encuentro del gigantesco monstruo alado, pero antes de partir le preguntó:
—¿Dónde he de hallar a Pájaro Trueno?
El cacique extendió su brazo hacia el horizonte y contestó:
—Allá lejos, donde tres veces sale el sol.
—¿Al norte?
—Sí —contestó el jefe y seguidamente añadió—: Tiene su hogar en el Glacial Azul.
—Lejano lugar, ¿no?
El jefe contestó:
—En el territorio de los quileute, en Mount Olimpus; al sudeste de su demarcación allí hallarás su hogar.
Guerrero de Brazo Roble salió como un rayo de aquella aldea de tsimshian. Conforme se alejaba de ella crecía en su interior una fuerza bruta y desenfrenada que le llevaba irremisiblemente a la lucha con el gran gigante alado que portaría debajo de su brazo a aquella que le iba a dar su inmortalidad.
Cuando el arrojado guerrero alcanzó a ver el Glacial Azul se dirigió directamente a él, obsesionado como estaba con sus ideas, y no hizo caso de las aldeas que hallaba en su camino, cuyos indios quileute le vieron pasar asombrados y llenos de intriga por el arrojo y el valor que mostraba aquel hombre, yendo al hogar de Tisíial, que era como estos pieles rojas llamaban a Pájaro Trueno.
Tuvieron que transcurrir muchas jornadas en alerta para Guerrero de Brazo Roble, cobijado bajo una manta de lana de carnero y pelo de búfalo, escondido en una cueva junto al torrente de hielo, observando si aparecía en el cielo la tremebunda ave maléfica. Por fin un día no pudo más que gritar ante tamaño espectáculo que llenaba el cielo azul pálido, casi blanco, por efecto del frío que reinaba en el helado paraje:
—¡Ahí va, ahí está!
El gigantesco Pájaro Trueno apareció en el firmamento. Emergió de la misma línea del horizonte y se acercaba cada vez más al Glacial Azul, en la cabeza del cual se elevaba una picuda y escarpada montaña, a cuya cumbre, por lo visto, se dirigía el monstruo.
La emoción que llenaba el pecho del guerrero era tan grande que apenas podía respirar y quedó completamente atónito cuando la gigantesca ave, que sobrevolaba el mar que se extendía en las tierras bajas y que él podía observar perfectamente desde su altura, abrió sus tremendas alas y dejó escapar de debajo de ellas las Culebras Rayos que, cayendo sobre la superficie del mar, buscaban a las ballenas en sus aguas, matándolas seguidamente y engulléndolas con voracidad. También pudo ver como una de las culebras, en una noche de luna llena, se acercaba a ella y le propinaba grandes mordiscos, arrancándole enormes trozos a la Luna y ocasionando los eclipses que oscurecían la Tierra.
Guerrero de Brazo Roble vio desasosegado el maravilloso espectáculo que se le ofrecía a sus ojos, pero rápidamente comprendió que él no había llegado hasta allí para ver extravagancias y cosas extrañas. Sabía que desde donde estaba no iba a conseguir nunca nada, que tendría que bajar hasta la orilla del mar para poder tener ocasión de inquietar a Pájaro Trueno a fin de que soltase a Sisiutl, porque en seguida se dio cuenta que aquellas culebras que cayeron desde lo alto no eran ni por asomo la gran sierpe bicéfala que estaba esperando.
Así pues, el guerrero descendió por las escarpadas pefías que formaban el tremendo acantilado que conducía al mar y, una vez alcanzadas sus orillas, se dirigió a una cueva dentro del agua salina hecha por la erosión marina y se escondió en ella, acechando día y noche la presencia de la gigantesca águila.
Después de algún tiempo, en el cual se dedicó a explorar los caminos y las sendas que convergían y rodeaban aquellas terribles moles macizas de la montaña, descubrió que a Pájaro Trueno le gustaba descansar de su pesado vuelo en uno de los recovecos, llenos de algas y caracoles de mar, que éste había horadado con su fuerza y su vigor en la base misma de la escarpadura, si no muy cerca de donde él había acampado sí en comunicación con su cueva marina por una serie de pasadizos y grietas abiertas por la acción erosiva del agua viva y del viento desatado y gélido.
Guerrero de Brazo Roble un día vio cómo llegaba al lugar el ave mítica y maléfica, y también vio cómo el animal se dirigía a cobijarse en su refugio preferido metido entre las peñas y el mar. Atrevido y envalentonado el hombre que deseaba que su aventura terminase ya en un sentido o en otro, comenzó a recorrer el angosto camino subterráneo que le llevaría a presencia de Pájaro Trueno. Cuando llegó junto a él, vio que descansaba con las patas encogidas y plegadas sus gigantescas alas. Entonces el piel roja tomó un largo palo, hecho con la rama recta de un árbol de boj, a la que le había sacado filo por uno de sus extremos, y agazapado como conejo en su cubil detrás del monstruo, esperó a que éste volviese su cabeza para rascar las plumas de su costado y, saliendo de su escondrijo, enarbolando su improvisada arma, se la clavó en uno de los ojos de la bestia, que tras lanzar un dolorido aullido salió volando hacia el cielo abierto. El guerrero le siguió afuera y lo pudo ver entre las nubes lanzando al aire su furor y su ira en forma de graznidos horrendos y espeluznantes. En uno de estos movimientos pudo ver el atacante cómo el pájaro levantaba una de sus alas y arrojaba a las aguas a una serpiente enorme que, conforme bajaba hacia la tierra, iba creciendo en tamaño.
Guerrero de Brazo Roble, impresionado por la acción, gritó:
—¡Es Sisiutl en propia carne!
Tuvo ganas de acercarse a ella, pero, temeroso de la reacción de Pájaro Trueno, se contuvo y se conformó sólo con observarla.
Era Sisiutl una gigantesca serpiente que tenía dos cabezas, una en la cola y otra en su sitio. En medio de su cuerpo tenía una cara de hombre y en cada una de las tres lucía un par de cuernos, que eran los que albergaban su poder de maleficencia y perversidad. Se dio cuenta el guerrero, cuando la gran sierpe cayó sobre las aguas, que era tremendamente rápida y que su apetito era voraz, ya que perseguía con afán a las ballenas y las devoraba con un solo golpe de su mandíbula.
Comprendió Guerrero de Brazo Roble que Sisiutl era un "intimidante animal carnívoro que parece una serpiente, nada como un pez y puede trasladarse por la superficie de la tierra y también por debajo".
Al arrastrarse por la tierra en busca de carne humana, la gigantesca serpiente dejaba un rastro baboso que corroía la arena.
El guerrero piel roja la observaba desde su escondite, animando a su coraje y corazón para entrar en pelea con ella y matarla. Cuando ya estaba dispuesto a ello, vio llegar por la playa una comitiva de hombres semidesnudos y burdos, sucios, portadores de armas punzantes y dando alaridos, que corrían tras la gran culebra de dos cabezas. Quedó quieto el extranjero, al resguardo de la ira de los recién llegados, cuando a sus espaldas, en la cueva marina que le resguardaba de todo peligro, escuchó la voz de un hombre:
—Son gente salvaje, gente desarrapada que llegan para tocar o al menos ver a Pájaro Trueno.
Guerrero de Brazo Roble hizo un respingo de sorpresa y tomó su cuchillo para defenderse de un posible enemigo. Pero no, el hombre que veía ante sí, el que le había hablado era un hombre pacífico; por sus trazas y la serenidad que emanaba de su figura; de seguro que era un chamán quileute.
—¿Quiénes son?
—Son hombres que desean ser ricos... porque la miseria les invade. Basta con verlos —repuso confiadamente el arrojado piel roja extranjero.
El anciano chamán se acercó un poco más a él y poniéndose a su lado contemplaron ambos a dos los comportamientos insensatos de la comitiva ululante.
—¿Y por qué ricos? —preguntó el guerrero.
—Porque ellos saben que quien toca, o simplemente ve o escucha los graznidos de Pájaro Trueno, se verá inmediatamente colmado de riquezas —y sin esperar respuesta añadió—: Lo que generalmente encuentran es la muerte.
—¿Por qué? Yo lo he visto y tocado.
—Pues tú conseguirás la riqueza.
—Pero quiero más... quiero la inmortalidad.
El chamán le vaticinó:
—Con tu tenacidad y empeño la alcanzarás. No lo dudes.
Guerrero de Brazo Roble, ufano y lleno de soberbia, ni se dignó contestar ni mirar al hombre bueno, al hombre sabio.
Volvieron a contemplar el exterior de la cueva, en la playa vieron a los desarrapados pieles rojas cómo corrían tras Sisiutl. El hechicero expresó:
—Ellos quieren ser ricos porque conocen la tradición. Pero lo que no saben es que...
En ese momento, los dos observadores vieron cómo la comitiva de hombres míseros penetraba dentro del rastro viscoso que dejaba Sisiutl en el camino de su huida.
Conforme lo iban haciendo los individuos se convertían en piedras, luego en espuma y luego se desvanecían como humo.
El chamán expresó tristemente:
—Ése era su destino.
Ambos permanecieron aún en el interior de la cueva un par de días. Desde ella pudieron ver cómo Sisiult se transformaba "en una gran variedad de formas, incluida una piragua autopropulsada" que surcaba las aguas a gran velocidad y se alejaba de ellos.
El guerrero piel roja extraño en aquel lugar le preguntó al maestro:
—¿Adonde va?
El hechicero provecto le aclaró:
—Tiene que comer, su apetito es voraz..
—¿Y qué come?
El anciano sin hacerle caso le dijo:
—Se encamina velozmente hasta el Glacial Azul. En él habitan multitud de focas cuyas pieles son acariciadas por el frío y las cercanas aguas heladas.
-¿Y...?
—Sisiutl, en forma de piragua, debe ser alimentada por focas.
Guerrero de Brazo Roble quedó admirado y seguidamente se dijo que debía aprovechar la incidencia de que la sierpe gigante de las dos cabezas estaba dentro de las aguas, para lanzar su canoa a ella y perseguirla hasta hallarla y, sorprendiéndola en medio de su trasformación metamorfoseada, aprovechar para matarla.
El guerrero piel roja así lo hizo y, dirigiéndose a la ribera del Glacial Azul, se encontró a Sisiutl medio abotargada, aletargada por la gran cantidad de focas que había ingerido y, aprovechándose de esta inusual situación, Guerrero de Brazo Roble saltó sobre ella, que apenas si reaccionó, y la traspasó con el descomunal machete que portaba a su costado y la ensartó con todas las flechas que llenaban el carcaj. Cuando el terrible monstruo lanzó un alarido de furor, rabia y dolor ya era tarde, cayó inánime, inerme sobre los macizos helados del glacial, lanzó su grito de victoria:
—¡Sisiutl, te he vencido! ¡Destino humano, te he humillado!
Y cuando corrió a ver al chamán quileute que le aleccionara sobre aquellos monstruos que se albergaban en la playa helada de su territorio, encontró el interior de la cueva vacía.
Guerrero de Brazo Roble usó la piel de Sisiutl para hacerse un cinturón que inmediatamente se arrolló a su cintura. Con ello quedó protegido de la muerte...
... y también Pájaro Trueno le obsequió con la riqueza, porque lo había tocado, lo había visto, había escuchado su graznido...
(Leyenda kwakiutl)

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