Bienvenid@ a este bosque nebuloso. Disfruta de tu estancia.

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viernes, 2 de marzo de 2012

FOTODEPILACIÓN


PSEUDÓNIMO: Elliot Potter
Marta se despidió de su asesora de belleza. Había concluido su última sesión de foto
depilación y la sonrisa no se le iba de la cara. Cerró la puerta del gabinete de belleza y
se dirigió a su casa.
Una vez en su habitación, Marta se desnudó y se pasó un par de horas delante del espejo
viendo su cuerpo completamente depilado.
No podía creerse todavía que ya no habría
más tirones, más irritaciones debido a la cera, más aullidos de dolor ni más sonidos
inquietantes de su máquina depiladora.
Se sintió renacer y llamó a si amiga Cristina para comentarle lo bien que se sentía.
- Jo, tía, qué pasada, a ver si ahorro y me lo puedo hacer yo también.
- No te lo vas a creer, tía, a ver si quedamos un día y te lo enseño. Es super.
- Ya te digo, no he quedado hoy con Carlos porque no estaba depilada, conque
imagínate.
- Buff, se acabaron las torturas de las ingles, de las piernas, de las axilas. Esto es
maravilloso, tía, creo que debería subvencionarlo la Seguridad Social.
- Ja, ja, tía, es verdad, que ellos no tienen la obligación, pero nosotras...
- Hombre, nosotras tampoco.
- Sí, pero sal un día con minifalda y sin depilar, a ver qué pasa.
- Uy, sí, que me acuerdo de ver a una guiri hace poco con unos pelajos que ni te lo
imaginas, qué asco.
- Pues eso, que ellos no tiene la obligación.
- Pues eso.
- Ahá
- Oye, tía, que te tengo que dejar, que he quedado con Eduardo.
- Venga, vale, qué suerte, guarra.
- Ciao.
Marta se puso su mejor vestido, uno corto y con gran escote. Quería aprovechar su
nuevo cuerpo para lucirlo todo lo que pudiera. Al abrir el cajón de la ropa interior vio
las medias y pensó en tirarlas, pero se arrepintió en el último momento y las dejó en su
sitio, no sin antes dedicarles una mirada de desprecio.
Mientras se ponía el vestido, se fue pasando la mano por las piernas lentamente, quería
saborear esa piel sin pelos. Pero de repente, allí estaba, un pelo, un largo y robusto pelo
en mitad de la pantorrilla izquierda. Marta se asustó, pues pensaba que era un error de la
depilación. Le había costado mucho dinero y esfuerzo como para que ese pelo estuviera
allí. Se acercó más a la pierna y lo vio en todo su esplendor: asqueroso.
Pensó en llamar al gabinete donde se había depilado para pedirles una explicación, pero
se contuvo porque iba a ser la hora de irse al restaurante y no quería llegar tarde.
Cogió unas pinzas del armario del baño, esas que pensaba no volver a utilizar jamás, y
se arrancó el pelo. Le costó un par de intentos, pero lo consiguió. Lo tiró a la papelera
con un gesto de triunfo: “Pobre, el último de su especie...”
A las ocho menos cinco salió de casa para ir al restaurante donde ya la esperaba
Eduardo. Se besaron. Marta le contó lo contenta que estaba después de saberse sin un
pelo en el cuerpo. Eduardo le dijo que estaba guapa igual con pelos en las piernas.
Ambos rieron. Se volvieron a besar. A Marta se le cayó la servilleta al suelo, al
recogerla se fijó en sus piernas, qué bonitas sin pelos, pero, frunciendo el ceño se dio
cuenta de que ahí estaba de nuevo, en el mismo sitio que antes, un pelo exactamente
igual al de antes.
Se estaba empezando a mosquear, pero no dijo nada. Se levantó y se dirigió al baño.
En el bolso no tenía las pinzas, esas que pensaba no volver a utilizar jamás, así que
espero a que entrara alguna otra mujer. Esperó un par de minutos temiendo que Eduardo
se pusiera nervioso. Apareció una chica que sí tenía unas pinzas.
Marta las cogió con rabia y poniendo la pierna encima del lavabo acercó las pinzas al
pelo. “Maldito seas” y arrancó con fuerza, pero el pelo no había salido. Lo intentó un
par de veces más, cada vez más nerviosa. La otra chica se estaba impacientando y Marta
seguía con su lucha particular. Otros tres intentos más y al cuarto el pelo salió.
Marta suspiró aliviada, le devolvió las pinzas a las chica y salió del baño corriendo. No
sabía cuánto tiempo había pasado pero pensó que había sido demasiado.
Al llegar a la mesa, Eduardo le preguntó si estaba bien. Marta asintió y le invitó a dejar
el restaurante y dirigirse directamente a su casa. Eduardo aceptó enseguida y ambos
salieron cogidos por la cintura del restaurante.
Se desnudaron fugazmente y sin dejar de besarse se fueron al dormitorio de Marta. Allí
se tumbaron y comenzaron a acariciarse. Eduardo pasaba las manos por las piernas de
Marta y ésta se dejaba hacer, con la sensación extremadamente placentera de la mano de
Eduardo sobre sus piernas depiladas. ¿Todas? No, un pelo había asomado de nuevo en
la mitad de la pantorrilla izquierda. El mismo pelo, pero eso no podía ser posible.
Eduardo sonrió al descubrir al pequeño polizón, pero Marta se puso muy nerviosa, casi
agresiva. Salió de la cama hacia el baño y regresó con las pinzas, esas que pensó no
volver a utilizar jamás. Una vez más inició el ataque contra el pelo, pero este se resistía
mucho más que las veces anteriores. Eduardo trataba de calmar a Marta, pero ésta se
puso agresiva con él y el chico la dejó en la habitación, desnuda, luchando con un
maldito pelo.
Media hora más tarde, marta se dirigió al salón, donde Eduardo se había quedado
dormido viendo una película porno. Marta apagó la tele y Eduardo despertó. Le
pregunto si ya había terminado la batalla y Marta se disculpó.
- No lo entiendes, Edu, después de la depilación es imposible que salgan pelos y
ese lleva todo el día riéndose de mi.
- Pero, tranquila, mujer, no te voy a dejar porque te haya salido un pelo. Además,
me gustaba ese pelo.
- Todos los hombres igual, como no tenéis que sufrirlo vosotros.
Marta se enfadó y se encerró en su habitación. Eduardo recogió sus cosas y salió de la
casa.
Marta tuvo esa noche una pesadilla terrible: un pelo gigante le salía en la pantorrilla y se
apoderaba de ella. No le dejaba hacer nada porque cada vez crecía más y llegaba a
convertirse Marta en la esclava del pelo.
Se despertó sudando y encendió un cigarrillo. Estaba muy nerviosa y se quitó el pijama
para comprobar que el pelo no estaba. No estaba.
A las ocho de la mañana, marta recogió su mochila para irse a la universidad. Sacó la
moto del garaje y al arrancar vio que el pelo había crecido de nuevo. No había crecido
exactamente, pues estaba igual que el primero que había descubierto.
Se bajó de la moto, tiró la mochila al suelo y con las pinzas, esas que pensaba no volver
a utilizar jamás, que puso en su mochila por si acaso, inició su batalla de Helm
particular.
En mitad de la calle, Marta gritaba y se desesperaba porque el pelo no salía. Una, dos,
tres, diez, cien veces lo intentó y el pelo seguía allí, resistiendo al ataque una, dos, tres,
diez, cien veces. Marta le dio una patada a la moto que cayó al suelo y con la pierna
encima del manillar reinició la lucha. Al final consiguió sacar el pelo. Estaba sudorosa,
cansada y encolerizada. Había pasado casi una hora desde que saliera de casa, por lo
que volvió a coger la mochila y se volvió a casa.
Llamó al gabinete de belleza furiosa. Desde allí le contestaron que eso era una
anomalía, pero que no se preocupara, que había veces que los pelos salían poco después
de terminada la depilación porque algún poro quedaba todavía abierto, pero que se
cerraría en un par de días.
Marta colgó, pero no se había tranquilizado todavía. Trató de tranquilizarse llamando a
Eduardo para pedirle disculpas, pero no estaba en casa. Llamó a Cristina, pero tampoco
estaba en casa. Era la hora de clase, era normal, ya los llamaría más tarde.
Decidió prepararse un buen baño para serenarse.
Abrió el grifo del agua caliente y dejó que el agua corriera hasta llenar la bañera por
completo. Se desnudó mientras y dejó la ropa que iba a ponerse después en la silla del
baño. Echó un buen chorro de jabón, quería mucha espuma y también echó sales de
baño.
Se metió en la bañera cuando el agua ya estaba a punto de desbordarse. Marta sonrió al
sentir el agua tibia en su piel. Se sumergió por completo para que se mojara también su
cabello y aspiró el buen aroma de las sales y al jabón. Cogió la esponja y la pasó por
toda la parte de arriba de su cuerpo. Despacio, no tenía prisa, hasta las tres no llegaba
Eduardo a casa, tenía todo el tiempo del mundo.
Se deleitó con su cuerpo un buen rato. Y después bajó hacia sus piernas. Primero la
derecha: muslo, rodilla, pantorrilla, tobillo, pie. Después la izquierda: muslo, rodilla,
pantorrilla y se paró de repente. No se lo podía creer, el pelo había vuelto. Trató de no
ponerse nerviosa y cogió las pinzas para, con toda la tranquilidad que pudo conseguir,
tratar de alcanzar el pelo de un solo tirón. Pero el pelo era tozudo y se resistía.
Lo intentó de nuevo y de nuevo falló. Los intentos siguieron durante mucho rato y
Marta cada vez se iba poniendo más nerviosa. Llegó un punto en que ni siquiera se daba
cuenta de dónde estaba pellizcando. Los nervios habían podido con ella y el pelo seguía
riéndose de ella. Los tirones eran cada vez más rápidos, más nerviosos y más fuertes.
Ya no miraba y casi no atinaba a pellizcar en el pelo. En vez de eso, se comenzó a
arrancar pequeños trozos de piel. Pero el pelo resistía.
Los trozos de piel eran cada vez más grandes. Marta gritaba y lloraba. Las lágrimas le
impedían ver y los nervios eran cada vez más extremos. Los jirones de piel volaban y
caían sobre la espuma. Peo pronto los jirones de piel se tiñeron de un color rojizo. La
piel ya había desaparecido y lo que se estaba arrancando Marta desesperada era parte de
carne. En un tirón más fuerte que el resto las pinzas se rompieron, pero Marta no podía
parar y el agua se iba coloreando de un rojo oscuro.
El pelo seguía allí, impasible a lo que acontecía su alrededor. Se estaba quedando solo
en la pantorrilla, a su alrededor pellizcos cada vez más grandes de piel y carne. Marta
sangraba cada vez más profusamente, pero parecía no percatarse de ello. En vez de
parar continuaba con su carnicería, pero el pelo no se inmutaba.
El agua de la bañera era a estas alturas completamente roja. Marta se estaba mareando,
pero no quería parar. Era ella o el pelo y decidió que quería ganar la batalla.
Y Marta acabó ganando. En su último tirón, el pelo salió volando hacia el otro lado del
baño, incrustado todavía en el último trozo de carne que quedaba de la pantorrilla de
Marta antes de llegar al hueso.